Me cuestiono mucho si escribir y si
publicar este texto. No me gustaría tener complicaciones legales y
mi única intención es expresar y en algún caso dar a conocer una
visión. Un punto de vista y alguna experiencia.
La flor es la del canabis. Los secuaces
ni idea. Es un relleno poético por tanto que se ha repetido que todo
debe tener un buen título. Buena o mala, es una flor. Crece en una
planta que brota de una semilla, desarrolla hojas, ramas, flores y
frutos y cuya utilización está tremendamente
gobernada por el tabú y la falta de
información.
Yo no lo sé todo acerca de la
marihuana.
Lo que debo confesar es que la he
visto, en varias de sus fases, en vivo y en directo, que la he
cortado y la he observado. Que la he comido y la he fumado. Que me ha
hecho bien y me ha hecho mal.
La he cortado de la planta (sólo la
flor, nunca talé, tengo algún trauma de la infancia por el que no
me va el asesinato) pero para el uruguayo todavía el porro es un
cuadrado que viene envuelto en papel de freezer. Hay cosas más
desligadas de su origen. Esas barritas de hachís que se comercian en
otros países y tiene la apariencia de un cacho de chocolate, de
dudoso contenido, me parecen mucho más alejadas de la realidad que
una piedra de faso.
No estoy haciendo apología, creo. Eso
decidalo usted, señor juez. Pero me parece que el tabú perjudica
profundamente a la sociedad en muchísimos sentidos. Aclaremos una
cosa, en el uruguay los seres humanos mayores de edad son libres de
hacer de su culo un pito, siempre y cuando no molesten o perjudiquen
a sí mismos o a los demas.
El problema con el faso es bien sabido.
Están prohibidos su comercio y su cultivo. Para fumarte un porro
tenés que delinquir, o encontrarlo tirado, que es lo que hacemos la
mayoría.
Pero lo que encontrás en la calle no
sabés exactamente qué es. No sabés por qué proceso pasó y qué
trato recibió durante su vida y antes de su brutal asesinato, no
tenemos ni idea.
Tuve la oportunidad de vivir en un país
donde se podía cultivar. Yo estaba en calidad de turista y si bien
la planta no era mía, tuve con ella una interacción profunda.
Comprendí cosas que antes no me había cuestionado. Porque para mí
el porro era una piedra cuadrada que venía envuelta en papel de
freezer, y que podía estar más rica o más fea, pegar más o menos,
tirarme más pa arriba o más pa abajo, hacerme llorar en pleno bondi
atrás de los lentes de sol una tarde de invierno o producirme unas
ganas incontrolables de hacer. ¿de qué depende? No se sabía. Te
decían algo, está rico, pega que es una locura, gomita gomita
gomita, y todo tipo de expresiones valorativas pero no descriptivas
de las cuales la primera que recuerdo es “es el de la lata”. El
de la lata estaba estupendo parece. Si es que lo probé, porque fue
hace mucho tiempo y no me queda claro, me hizo vomitar en la rambla y
pereira. Había tomado alcohol y supongo que eso fue lo que me dió
vuelta. Falta de cultura, producto del tabú.
Para contextuar un poco el asunto de la
lata, que debiera relatarlo en profundidad alguien de otra
generación, que lo haya vivido con otro nivel de entendimiento,
parece que hace unos 20 años algún barco ¨descartó” en el río
de la plata una lata amarilla rellena de punto rojo. Hay gente que
afirma que fue el faso más rico que pasó por el paisito. Yo ya les
dije, si es que lo probé, las 3 o 4 tequilas que tenía encima y la
falta de educación al respecto no me lo dejaron disfrutar.
Volvamos al país sin nombre, donde el
ser humano tenía derecho a tener una plantita en casa sin necesidad
de pasar incomodidad alguna. Eran dos chicos, y había dos plantas.
Yo era la visita y como no quería tener problemas legales me dediqué
a observar, a tratar de entender, y gracias a la generosidad de mis
amigos sin nombre, tuve también la oportunidad de experimentar.
Ellos cultivaban según el método que
se recomienda en cualquier página de internet: las semillas en agua,
de ahí a un algodón, al levantarse la semilla y antes que se abra
el cotiledón la pasaban a tierra y esperaban que su proceso de vida
llegara al punto adecuado para talarla y colgarla boca abajo.
Por suerte para mí, a mis amigos
tampoco les parecía lógico el asunto de las lámparas y la
hidropónica y trataban de evitar los fertilizantes artificiales.
Pero yo tenía un profundo desacuerdo: matar.
Matar es feo. No me va. Por eso no como
animales. Me impresiona.
¿Vamos a contar lo que descubrí?
No seré la única, ni la única que lo
cuente, pero tengo ganas de contarlo.
Los chiquis eran muy amigables, les
gustaba compartirlo todo y me dejaron, después de la talada, limpiar
la maceta de raíces, agregarle algo de tierra juntadita del campo.
La semilla subió, sin algodón. Se
abrió el cotiledón y salieron las dos primeras hojas, esas
larguitas indivisas, que se llaman en las páginas y foros de cultivo
las ¨pre hojas¨ Estaba en el living de nuestra casa, frente a la
ventana, y gracias a las generosas leyes del lugar en cuestión sin
pánico de que la vieran los vecinos, desarrolló otro y otro par de
hojas, ya divisas, cada vez más divisas. Y de pronto en la punta de
una rama salió una bolita verde, de la que a los pocos días brotó
un mechón de pelitos blancos. !no la toques! Me gritó fulano, mi
amigo sin nombre al que no me gustaría comprometer. Fulano, Mengana
y yo, mantuvimos nuevamente una conversación que ya había tenía
lugar antes de la anterior tala. Teníamos dos plantas. Con una
hacíamos lo que ellos decían, la otra la manoseaba yo, a claro
riesgo de matarla y perder la producción y con la posibilidad de
aprender cosas que nadie nos había explicado.
La toqué, sí. La toqué. La miré, la
olí la besé. La corté con la punta de dos dedos y me la metí en
la boca. Sentí un placer infinito y no dije una palabra.
Al otro día llegó Mengana con las
compras y entre ellas venía una botella que decía claramente:
fertilizante de floración. La segunda amiguita no la toqué. Mengana
se espantó al ver que faltaba la bolita, y acordamos poner otra
semilla en remojo por si mi ignorancia nos hacía perder la
producción. Leí las instrucciones en la botella, exhaminé la lista
de ingredientes, y aunque decía 100% órganico decidí investigar un
poco más y en todo caso, elaborar un alimento caserito, 100% natural
y sin elementos falllecidos.
A los pocos días el muñón de la
bolita que yo había cortado se puso marrón, y debo confesar que me
asusté y creí que la tipa se estaba oxidando y se me iba a morir.
Me sentí una asesina despiadada, pero me quité la culpa pensando en
todos los churrascos que me habían embutido durante mi infancia, sin
decirme siquiera de dónde habían salido.
Por suerte la planta que no se tocaba
ya tenía varias bolitas que ni las miré de cerca y la semilla en el
algodón ya estaba levantando y Fulano y Mengana la pasaron a la
tierra.
Empecé a leer por internet todo tipo
de información, casi siempre la misma, pero surgieron datos
interesantes por ejemplo que la planta a la que le había devorado la
bolita no se iba a morir, sino que lo más probable era, que como
cualquier planta, se bifurcara y desarrollara dos sub ramas a partir
del muñoncito.
En un par de días nomás, sentados en
la terraza a la luz de la luna bastante crecida, tomando mate y
comiendo torta de puerros (o porros, pero esa que venden en la feria,
no el fruto de la planta que tanto me enseñó sobre sí misma)
notamos que juanita, llamemosle a la planta que mutilé brutalmente,
había sacado varias bolitas más y del muñoncito se veían aparecer
las puntas de dos hojitas nuevas, verdes, claritas, en apariencia muy
sanitas.
Entendí que si iba a hacer un alimento
casero ya era hora de empezar a proporcionárselo. María Julia, la
otra planta, la que no se tocaba y se había activado junto con
Juanita, ya lo estaba recibiendo desde hacía dos semanas y las
bolitas se hinchaban, y entre ellas aparecían hojitas chiquitas,
parecidas a las “pre hojas” y a esas hojitas de Juani que
brotaban a los lados del muñón. El pacto era claro, a María Julia
y a Rebeca, que ya tenía dos pares de hojas bien definidas, yo no
las tocaba. Leí, pensé, medité y le pregunté a Juanita, que no
precisamente me contestó en seguida. Pero decidí hervir las
cáscaras de la ensalada de fruta. Las pasé a una botella de vino
vacía y lavada y la guardé en la heladera. Tenía miedo. No había
puesto ni todo ni solo lo que decía la receta. Pero si Juanita se
enfermaba y se moría, era menos culpable mi curiosidad que la
barbaridad de cortarle el tallo y darla vuelta? Le puse un chorrito.
Juanita sacó bolitas por todos lados,
de las bolitas salían ramitas y hojitas, y conglomerados de bolitas
con pelitos blancos preciosos y Fulano me repetía que había que
esperar a que estuvieran marrones. Yo me fui a mi cuarto después de
la cena con té de cedrón y menta. Manoteé el cuadernito blanco de
abajo de la cama y anoté algunos diálogos que tenía craneados de
un guión que ni idea si algún día pasará a fase de producción.
Fulano y Mengana charlaron, ríeron, se oyó descorchar la botella de
vino y algún gemidito muy moderado. Cuando hubo silencio yo ya había
redactado toda la conversación entre Chico y Alto sobre la forma de
convencer al Doctor de liberarse de la sociedad anónima y cerré mi
cuaderno. Fui al baño y me lavé las manos. Me preparé otro té,
esta vez con marcela y cascaritas de naranja secas más una flor
celeste de romero. Me senté junto a Juanita y meditamos. O por lo
menos eso fue lo que yo sentí.
Podé a Juanita un par de pequeñas
aglomeraciones de bolitas bien formadas y con los pelitos blanquitos
blanquitos. También le saqué algunas hojas de la parte de abajo,
por mera curiosidad. Dejé las flores inmaduras sobre la mesa y como
me dió hambre, me preparé una ensalada y le agregué esas hojitas.
Aceite de oliva, sal, rúcula, zanahoria rallada. Taba rica.
Cuando terminé de comer observé las
flores, y me preguntaba si serían flores o frutos y qué exactamente
me convenía hacer con ellos. Era una noche de verano súper calurosa
y al rato, cuando los toqueteé noté que habían cambiado de
textura. Saqué todos mis pares de caravanas de la cajita de madera
donde la guardaba, le pasé un trapito húmedo para quitarle los
residuos metálicos que pudieran haber quedado y la dejé abierta
toda la nocha. Las dos flores quedaron al lado de la cajita. A la
intemperie. Me dormí pensando en los cuadrados envueltos en papel de
freezer, en las plantas enteras brutalmente asesinadas colgadas boca
abajo de la cosecha anterior y decidí que era más importante
descubrir cómo proteger la vida de Juanita que el resultado de esta
cosecha puntual y tan escasa. Al despertar lo primero que hice fue
pis. Lo segundo ducharme, y lo tercero exhaminar el estado de las
improntas florcitas o frutos, cosa que todavía no conseguía
dilucidar. Estaban crocantes. Me daba cosa manosearlas, pero la
tijerita no me parecía una idea coherente. No se corta la lechuga
con cuchillo, me dijo una vez una amigasa, porque el metal es ying y
la planta es yang o al revés, y se altera el equilibrio nutricional.
Toda mi vida desmorrugué a mano. Hace años recibí de regalo un
desmorrugador de plástico que sí acepté, porque no estaba hecho
con clavos y entendí que respetaba el concepto de la lechuga. El
problema es que rompía las semillas y si no las sacaba antes con
mucho cuidado, era insoportable el dolor de cabeza aunque el porro se
lo fumara otro al lado mío. No fumo de noche. No me cabe. Me duermo
como un tronco y al levantarme estoy más cansada que cuando que
acosté y no recuerdo haber soñado nada, cosa que me revienta.
Me hice el café con leche. Fulano y
Mengana dormían aparentemente. Me senté en la terraza con la escasa
cosecha de la noche anterior y desayuné en silencio. Me atreví a
deshacer y apretar y manosear las cosas esas y separé un par de
semillas. Me dí cuenta que tenía la textura muy parecida a los
cuadrados envueltos en papel de freezer y cuidadosamente la enrolé
en una hojilla a la que le corté el pegamento. Me sentí en casa. Lo
prendí. Le costó un poco tirar al principio pero llegué a fumar
dos secas de un porro que estaba bien formado, que olía agradable y
sabía delicioso y que me dejó todo el día con ánimo de hacer.
Tejí macramé, pinté, completé la escena de la cual la noche
anterior había redactado los diálogos sin ocuparme mucho de los
“pormenores” de la acción y el entorno. Fui a la feria, compré
todo lo necesario para preparar el almuerzo. Me crucé a una vecina y
charlamos un buen rato. Quedó en pasar por la casa para elejirse uno
de mis trabajos y el día en general, la pasé espectacular.
No sé si fueron esas dos secas u otra
cosa. Pero no importa. Lo que quería contarles es que al decir de
Fulano y Mengana, que ya tienen 2 hijos y pronto cruzaré a conocer,
Juanita, todavía vive, florece, y es hermafrodita. Les gusta mucho
fumar sus frutos, aunque también los comen a veces. No hay verdades
en esto. Todo puede ser y sobre gustos no hay nada escrito. Lo que
quiero decir es que no se puede mantener un tabú. Ningún tabú
puede persistir en nuestra sociedad porque nos lleva a la ignorancia,
a la desinformación, a la falta de consciencia y eso es sumamente
perjudicial.
Que se legalice o no o qué se legalice
es un tema legal. Pero acá hay un tema de cultura y salud, que es
crucial. Con o sin permiso, con o sin información, con o sin
criterio, con o sin lucro, hay un porcentaje enorme (fíjense las
encuestas) de la población del Rou que va a seguir pitando.

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