lunes, 22 de julio de 2013

la flor y sus secuaces

Me cuestiono mucho si escribir y si publicar este texto. No me gustaría tener complicaciones legales y mi única intención es expresar y en algún caso dar a conocer una visión. Un punto de vista y alguna experiencia.
La flor es la del canabis. Los secuaces ni idea. Es un relleno poético por tanto que se ha repetido que todo debe tener un buen título. Buena o mala, es una flor. Crece en una planta que brota de una semilla, desarrolla hojas, ramas, flores y frutos y cuya utilización está tremendamente
gobernada por el tabú y la falta de información.
Yo no lo sé todo acerca de la marihuana.
Lo que debo confesar es que la he visto, en varias de sus fases, en vivo y en directo, que la he cortado y la he observado. Que la he comido y la he fumado. Que me ha hecho bien y me ha hecho mal.
La he cortado de la planta (sólo la flor, nunca talé, tengo algún trauma de la infancia por el que no me va el asesinato) pero para el uruguayo todavía el porro es un cuadrado que viene envuelto en papel de freezer. Hay cosas más desligadas de su origen. Esas barritas de hachís que se comercian en otros países y tiene la apariencia de un cacho de chocolate, de dudoso contenido, me parecen mucho más alejadas de la realidad que una piedra de faso.
No estoy haciendo apología, creo. Eso decidalo usted, señor juez. Pero me parece que el tabú perjudica profundamente a la sociedad en muchísimos sentidos. Aclaremos una cosa, en el uruguay los seres humanos mayores de edad son libres de hacer de su culo un pito, siempre y cuando no molesten o perjudiquen a sí mismos o a los demas.
El problema con el faso es bien sabido. Están prohibidos su comercio y su cultivo. Para fumarte un porro tenés que delinquir, o encontrarlo tirado, que es lo que hacemos la mayoría.
Pero lo que encontrás en la calle no sabés exactamente qué es. No sabés por qué proceso pasó y qué trato recibió durante su vida y antes de su brutal asesinato, no tenemos ni idea.
Tuve la oportunidad de vivir en un país donde se podía cultivar. Yo estaba en calidad de turista y si bien la planta no era mía, tuve con ella una interacción profunda. Comprendí cosas que antes no me había cuestionado. Porque para mí el porro era una piedra cuadrada que venía envuelta en papel de freezer, y que podía estar más rica o más fea, pegar más o menos, tirarme más pa arriba o más pa abajo, hacerme llorar en pleno bondi atrás de los lentes de sol una tarde de invierno o producirme unas ganas incontrolables de hacer. ¿de qué depende? No se sabía. Te decían algo, está rico, pega que es una locura, gomita gomita gomita, y todo tipo de expresiones valorativas pero no descriptivas de las cuales la primera que recuerdo es “es el de la lata”. El de la lata estaba estupendo parece. Si es que lo probé, porque fue hace mucho tiempo y no me queda claro, me hizo vomitar en la rambla y pereira. Había tomado alcohol y supongo que eso fue lo que me dió vuelta. Falta de cultura, producto del tabú.
Para contextuar un poco el asunto de la lata, que debiera relatarlo en profundidad alguien de otra generación, que lo haya vivido con otro nivel de entendimiento, parece que hace unos 20 años algún barco ¨descartó” en el río de la plata una lata amarilla rellena de punto rojo. Hay gente que afirma que fue el faso más rico que pasó por el paisito. Yo ya les dije, si es que lo probé, las 3 o 4 tequilas que tenía encima y la falta de educación al respecto no me lo dejaron disfrutar.
Volvamos al país sin nombre, donde el ser humano tenía derecho a tener una plantita en casa sin necesidad de pasar incomodidad alguna. Eran dos chicos, y había dos plantas. Yo era la visita y como no quería tener problemas legales me dediqué a observar, a tratar de entender, y gracias a la generosidad de mis amigos sin nombre, tuve también la oportunidad de experimentar.
Ellos cultivaban según el método que se recomienda en cualquier página de internet: las semillas en agua, de ahí a un algodón, al levantarse la semilla y antes que se abra el cotiledón la pasaban a tierra y esperaban que su proceso de vida llegara al punto adecuado para talarla y colgarla boca abajo.
Por suerte para mí, a mis amigos tampoco les parecía lógico el asunto de las lámparas y la hidropónica y trataban de evitar los fertilizantes artificiales. Pero yo tenía un profundo desacuerdo: matar.
Matar es feo. No me va. Por eso no como animales. Me impresiona.
¿Vamos a contar lo que descubrí?
No seré la única, ni la única que lo cuente, pero tengo ganas de contarlo.
Los chiquis eran muy amigables, les gustaba compartirlo todo y me dejaron, después de la talada, limpiar la maceta de raíces, agregarle algo de tierra juntadita del campo.
La semilla subió, sin algodón. Se abrió el cotiledón y salieron las dos primeras hojas, esas larguitas indivisas, que se llaman en las páginas y foros de cultivo las ¨pre hojas¨ Estaba en el living de nuestra casa, frente a la ventana, y gracias a las generosas leyes del lugar en cuestión sin pánico de que la vieran los vecinos, desarrolló otro y otro par de hojas, ya divisas, cada vez más divisas. Y de pronto en la punta de una rama salió una bolita verde, de la que a los pocos días brotó un mechón de pelitos blancos. !no la toques! Me gritó fulano, mi amigo sin nombre al que no me gustaría comprometer. Fulano, Mengana y yo, mantuvimos nuevamente una conversación que ya había tenía lugar antes de la anterior tala. Teníamos dos plantas. Con una hacíamos lo que ellos decían, la otra la manoseaba yo, a claro riesgo de matarla y perder la producción y con la posibilidad de aprender cosas que nadie nos había explicado.
La toqué, sí. La toqué. La miré, la olí la besé. La corté con la punta de dos dedos y me la metí en la boca. Sentí un placer infinito y no dije una palabra.
Al otro día llegó Mengana con las compras y entre ellas venía una botella que decía claramente: fertilizante de floración. La segunda amiguita no la toqué. Mengana se espantó al ver que faltaba la bolita, y acordamos poner otra semilla en remojo por si mi ignorancia nos hacía perder la producción. Leí las instrucciones en la botella, exhaminé la lista de ingredientes, y aunque decía 100% órganico decidí investigar un poco más y en todo caso, elaborar un alimento caserito, 100% natural y sin elementos falllecidos.
A los pocos días el muñón de la bolita que yo había cortado se puso marrón, y debo confesar que me asusté y creí que la tipa se estaba oxidando y se me iba a morir. Me sentí una asesina despiadada, pero me quité la culpa pensando en todos los churrascos que me habían embutido durante mi infancia, sin decirme siquiera de dónde habían salido.
Por suerte la planta que no se tocaba ya tenía varias bolitas que ni las miré de cerca y la semilla en el algodón ya estaba levantando y Fulano y Mengana la pasaron a la tierra.
Empecé a leer por internet todo tipo de información, casi siempre la misma, pero surgieron datos interesantes por ejemplo que la planta a la que le había devorado la bolita no se iba a morir, sino que lo más probable era, que como cualquier planta, se bifurcara y desarrollara dos sub ramas a partir del muñoncito.
En un par de días nomás, sentados en la terraza a la luz de la luna bastante crecida, tomando mate y comiendo torta de puerros (o porros, pero esa que venden en la feria, no el fruto de la planta que tanto me enseñó sobre sí misma) notamos que juanita, llamemosle a la planta que mutilé brutalmente, había sacado varias bolitas más y del muñoncito se veían aparecer las puntas de dos hojitas nuevas, verdes, claritas, en apariencia muy sanitas.
Entendí que si iba a hacer un alimento casero ya era hora de empezar a proporcionárselo. María Julia, la otra planta, la que no se tocaba y se había activado junto con Juanita, ya lo estaba recibiendo desde hacía dos semanas y las bolitas se hinchaban, y entre ellas aparecían hojitas chiquitas, parecidas a las “pre hojas” y a esas hojitas de Juani que brotaban a los lados del muñón. El pacto era claro, a María Julia y a Rebeca, que ya tenía dos pares de hojas bien definidas, yo no las tocaba. Leí, pensé, medité y le pregunté a Juanita, que no precisamente me contestó en seguida. Pero decidí hervir las cáscaras de la ensalada de fruta. Las pasé a una botella de vino vacía y lavada y la guardé en la heladera. Tenía miedo. No había puesto ni todo ni solo lo que decía la receta. Pero si Juanita se enfermaba y se moría, era menos culpable mi curiosidad que la barbaridad de cortarle el tallo y darla vuelta? Le puse un chorrito.
Juanita sacó bolitas por todos lados, de las bolitas salían ramitas y hojitas, y conglomerados de bolitas con pelitos blancos preciosos y Fulano me repetía que había que esperar a que estuvieran marrones. Yo me fui a mi cuarto después de la cena con té de cedrón y menta. Manoteé el cuadernito blanco de abajo de la cama y anoté algunos diálogos que tenía craneados de un guión que ni idea si algún día pasará a fase de producción. Fulano y Mengana charlaron, ríeron, se oyó descorchar la botella de vino y algún gemidito muy moderado. Cuando hubo silencio yo ya había redactado toda la conversación entre Chico y Alto sobre la forma de convencer al Doctor de liberarse de la sociedad anónima y cerré mi cuaderno. Fui al baño y me lavé las manos. Me preparé otro té, esta vez con marcela y cascaritas de naranja secas más una flor celeste de romero. Me senté junto a Juanita y meditamos. O por lo menos eso fue lo que yo sentí.
Podé a Juanita un par de pequeñas aglomeraciones de bolitas bien formadas y con los pelitos blanquitos blanquitos. También le saqué algunas hojas de la parte de abajo, por mera curiosidad. Dejé las flores inmaduras sobre la mesa y como me dió hambre, me preparé una ensalada y le agregué esas hojitas. Aceite de oliva, sal, rúcula, zanahoria rallada. Taba rica.
Cuando terminé de comer observé las flores, y me preguntaba si serían flores o frutos y qué exactamente me convenía hacer con ellos. Era una noche de verano súper calurosa y al rato, cuando los toqueteé noté que habían cambiado de textura. Saqué todos mis pares de caravanas de la cajita de madera donde la guardaba, le pasé un trapito húmedo para quitarle los residuos metálicos que pudieran haber quedado y la dejé abierta toda la nocha. Las dos flores quedaron al lado de la cajita. A la intemperie. Me dormí pensando en los cuadrados envueltos en papel de freezer, en las plantas enteras brutalmente asesinadas colgadas boca abajo de la cosecha anterior y decidí que era más importante descubrir cómo proteger la vida de Juanita que el resultado de esta cosecha puntual y tan escasa. Al despertar lo primero que hice fue pis. Lo segundo ducharme, y lo tercero exhaminar el estado de las improntas florcitas o frutos, cosa que todavía no conseguía dilucidar. Estaban crocantes. Me daba cosa manosearlas, pero la tijerita no me parecía una idea coherente. No se corta la lechuga con cuchillo, me dijo una vez una amigasa, porque el metal es ying y la planta es yang o al revés, y se altera el equilibrio nutricional. Toda mi vida desmorrugué a mano. Hace años recibí de regalo un desmorrugador de plástico que sí acepté, porque no estaba hecho con clavos y entendí que respetaba el concepto de la lechuga. El problema es que rompía las semillas y si no las sacaba antes con mucho cuidado, era insoportable el dolor de cabeza aunque el porro se lo fumara otro al lado mío. No fumo de noche. No me cabe. Me duermo como un tronco y al levantarme estoy más cansada que cuando que acosté y no recuerdo haber soñado nada, cosa que me revienta.
Me hice el café con leche. Fulano y Mengana dormían aparentemente. Me senté en la terraza con la escasa cosecha de la noche anterior y desayuné en silencio. Me atreví a deshacer y apretar y manosear las cosas esas y separé un par de semillas. Me dí cuenta que tenía la textura muy parecida a los cuadrados envueltos en papel de freezer y cuidadosamente la enrolé en una hojilla a la que le corté el pegamento. Me sentí en casa. Lo prendí. Le costó un poco tirar al principio pero llegué a fumar dos secas de un porro que estaba bien formado, que olía agradable y sabía delicioso y que me dejó todo el día con ánimo de hacer. Tejí macramé, pinté, completé la escena de la cual la noche anterior había redactado los diálogos sin ocuparme mucho de los “pormenores” de la acción y el entorno. Fui a la feria, compré todo lo necesario para preparar el almuerzo. Me crucé a una vecina y charlamos un buen rato. Quedó en pasar por la casa para elejirse uno de mis trabajos y el día en general, la pasé espectacular.
No sé si fueron esas dos secas u otra cosa. Pero no importa. Lo que quería contarles es que al decir de Fulano y Mengana, que ya tienen 2 hijos y pronto cruzaré a conocer, Juanita, todavía vive, florece, y es hermafrodita. Les gusta mucho fumar sus frutos, aunque también los comen a veces. No hay verdades en esto. Todo puede ser y sobre gustos no hay nada escrito. Lo que quiero decir es que no se puede mantener un tabú. Ningún tabú puede persistir en nuestra sociedad porque nos lleva a la ignorancia, a la desinformación, a la falta de consciencia y eso es sumamente perjudicial.
Que se legalice o no o qué se legalice es un tema legal. Pero acá hay un tema de cultura y salud, que es crucial. Con o sin permiso, con o sin información, con o sin criterio, con o sin lucro, hay un porcentaje enorme (fíjense las encuestas) de la población del Rou que va a seguir pitando.

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